Posturas del color (Casa Elizalde, galerías Villa del arte)

Al lado de la fotografía en blanco y negro, siempre abierta a abstracciones y figuraciones muy marcadas, cuando no impulsada a la penetración en mundos enigmáticos, invisibles, de sombras y tiempos fragmentados o en suspensión, de ideas o emociones intensas, el reto de la fotografía en color nos introduce en un territorio sucesivo de matices visuales, de tramas entrelazadas, de transiciones y gradación de objetos ante la visión, de pálpito y visibilidad mantenida. La foto en color se integra en el efecto de seducción que ejerce la luz a los ojos de quien la mira, se hace cómplice del permanente cambio y extensión que ofrece su interacción con la materia. El color abre un territorio móvil a cualquier mínima variación lumínica, y establece un campo de realidades que imponen una visión amplia pero progresiva, como siguiendo el halo y el ritmo sincopado de la luz solar.

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Clara Sopeña. Foto de la exposición Allò que queda

El trabajo de Clara Sopeña en la exposición «Allò que queda» puede introducirse en este territorio de interacción entre la luz y el espacio percibido, en el intersticio de la modulación cromática que la luz crea en interacción con la materia. Sus fotografías reflejan dos tiempos: el propio de la gradación diurna de la luz, y el más implacable, el de la transformación de la materia que cada día ofrece a la luz un rostro nuevo que modelar. Clara Sopeña dice en sus textos de la exposición que siempre ha estado interesada en poner su visión en la pintura degradada de las paredes, en esos trozos de materia que dejan paso, en sus grietas degradadas, a nuevas materias, a nuevas texturas y nuevos colores que se imponen desde dentro del espacio.

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Clara Sopeña. Foto de la exposición Allò que queda

Confiesa estar seducida por la luz, la textura, la fuerza del color y la sensación de retratar una presencia, de cosas pequeñas e insignificantes que al capturarlas se transforman, algo que queda en un preciso instante, la pequeña joya de la vida que el tiempo detiene de forma breve, necesitada de emergencia y resistencia al paso del tiempo. Ella lo evoca con una técnica fotográfica cercana al trabajo de la pintura: en «Allò que queda» la fotógrafa reúne una serie de imágenes que quieren ser algo más que representaciones, y hacer una «reivindicación de la belleza escondida» de la pintura a la hora de expresar lo sensual, lo particular y lo efímero. Esta fotografía como pintura de lo minúsculo, del fragmento, intenta buscar para Clara Sopeña la atemporalidad que cabe en una imagen pictórica inmóvil. Precisamente porque su fotografía es obra del paso del tiempo, en casi todos los sentidos, porque refleja un tiempo que degrada, ensucia, oxida, malmete, resquebraja y pudre la materia y las cosas, su fotografía libera en cierta medida la materia del tiempo, detiene su curso y lo desplaza hacia una transformación visual que hace posible su visibilidad y relevancia. La Casa Elizalde de Barcelona presenta su trabajo hasta el día 23 de mayo.

 Cuando el recuerdo desaparece

Clara Sopeña. Foto de la exposición Allò que queda

Otra forma de construir con fragmentos, con los límites espaciales y temporales de la fotografía y de la visión, desde la apuesta del color, consiste en la yuxtaposición de imágenes convertidas ahora en fragmentos. Gracias al montaje y a la síntesis de imágenes, hoy posible con medios informáticos, pueden elaborarse panorámicas que las integran en un concepto o en una percepción más cercana a nuestra imaginación o nuestra visión más mental. El artista francés Jean-Francois Rauzier nos presenta una fotografía en cierto modo opuesta a la de Clara Sopeña, infinitamente más onírica y con un recorrido inverso: un imagen que va desde la mente hacia el color y desde allí a la búsqueda de la luz. Su trabajo, bien postmoderno, realza no obstante el trabajo humano en el proceso cultural, en el interior de arquitecturas imaginarias, pero posibles, en las que el ser humano tiene cabida en la ciudad y en la preservación de la historia.

 Beaux-Arts, 2012, tirage photographique.

Jean Francois Rauzier, Beaux arts, 2012

Como en las de no pocos de los fotógrafos contemporáneos, las imágenes de Jean Francois Rauzier operan como reencantadoras de lo real, de aquello que se pierde en el fragmento y en la masificación visual de la cultura contemporánea. Consiguen juntar a la vez lo minúsculo y lo gigante en un solo espacio. Podemos decir que su yuxtaposición les hace cobrar vida posible en el territorio de la relación icónica, entre iconos de la cultura. Jean Francois Rauzier fue el impulsor en 2002 del concepto de Hyperphoto, una imagen virtual de cientos de disparos en telefoto que se ensamblan más tarde por ordenador, de modo matemático.  Algunos de sus montajes pueden superar hasta los dos millones de pixeles.

 Arches, Lectures (2012)

           Jean Francois Rauzier, Arches, Lectures, 2012

Según confiesa el propio artista, sus fotos invitan a viajar al interior de un mundo de sueños, sin tiempo, y cuyos personajes son referencias culturales. Aquí, la detención temporal se ancla en lo mental, en lo cultural, y no en la pura visión, como en el caso de la fotógrafa Clara Sopeña. De hecho, la transfiguración de la realidad de sus imágenes encaja en la repetida y rígida frontalidad de sus fotografías, que hace estallar la dimensión euclidiana del espacio y el punto de vista único del Renacimiento, y permite una abigarrada y barroca inclusión de toda la totalidad de objetos presentada en el marco frontal de la visión. Una estructura obsesionada por abarcar un mundo más allá de los límites, sublime en el sentido romántico, y asimismo apoyada en el gran formato de sus fotografías, cercanas en ese sentido al más puro estilo Dusseldorf.

 Versailles, Orangerie (2011) 180 x 190 cm

Jean Francois Rauzier, Versailles, Orangerie, 2011

La sensación cromático-representativa subsiguiente intenta concentrar lo real y lo imaginario en una sola toma, lograr a la vez una imagen panorámica de 180 º y un zoom extremo, captar lo que se escapa a los ojos sin fuera de campo, ni tiempo ni distancia, dentro del cuadro, de la razón culminada, con un carácter cinemático.A menudo, sus obras consiguen alcanzar una sección entera de la ciudad y penetrar a la vez en la vida privada de las personas, a través de los apartamentos donde la luz esta encendida.«Ninguna lente puede ser capaz de lograr con una sola foto la agudeza que yo obtengo poniendo 200 fotos juntas», dice el artista, «por eso, estoy muy atento a la hora de respetar las sombras, los reflejos y los verdaderos errores de la realidad».

 Longue Histoire, 2013

Jean Francois Rauzier, Longue Histoire, 2013

Su objetivo es «transformar el mundo según sus fantasías y deseos», «redescubrir lo mágico de los cuentos y las leyendas», pasar «de lo singular a lo universal» y conjuntar el presente con el eterno. Como en Longue Histoire, donde aparece una biblioteca que contiene unos 160.000 libros y presenta una imposibilidad, la de los 450 años necesarios para leer los libros de la imagen. La galería Villa del arte, de Barcelona, presenta su obra hasta el 31 de mayo.

             Respecto al extremo de detener el tiempo y abarcar los límites completos del espacio desde una imagen fotocromática, imbuidos por el afán de hiperrealidad, pero perdidos finalmente en una visión meramente aérea, podemos incorporar un ejemplo más al muestrario de exposiciones fotográficas sobre el tema en las últimas semanas. Es el caso de la muestra de la fotógrafa Julia Potrony en el Punt multimedia del barrio de Sants-Montjuic, Mont de reines, una imagen panorámica de 360o horizontales y 360o verticales formada por 130 fotografías, que viene a condensar un little planet y a aportar una visión de la realidad que clava de manera absoluta el fragor fotocromático de la imagen y las anomalías diurnas y permanentes de la luz y el paso del tiempo.

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 Julia Potrony, Mont de reines

 

Luz, presencia (Ferran Freixa, 1973-2013)

Antiga Estacio del Nord - Barcelona 1976

Ferran Freixa. Antiga Estació del Nord, Barcelona, 1976

La primera retrospectiva de Ferran Freixa (Barcelona, 1950) resume cuarenta años de una obra silenciosa, autobiográfica y refinada, puesta entre paréntesis y en cierta medida amparada en su trabajo en los campos de la moda, la industria y la publicidad, comenzados en 1969 y especializados desde 1978 en la fotografía de arquitectura e interiorismo. Freixa pertenece a esa generación de fotógrafos que en la Cataluña de la década de 1970 partieron de las asociaciones de fotografía, la prensa y la disciplina de los concursos hasta la producción de una obra autónoma, apoyada en el curso de una nueva fotografía profesional y enfocada a las exposiciones y la edición impresa. Ciertamente, no pocos fotógrafos de su época comenzaron a ser clientes de sí mismos.

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Tomás Caballero. Ferran Freixa. 1973-2013. Tecla Sala, 2013

La novedad del trabajo de Ferran Freixa reside en su apuesta por una fotografía más personal, de tendencia abstracta y mayor expresión artística. Esto era algo no muy frecuente en la tradición de nuestro país, a pesar de que en otros lugares hubiera importantes antecedentes de este estilo: en artistas norteamericanos como Paul Strand podemos encontrar importantes influencias de sus fotografías en los años setenta. Según Freixa, la fotografía debía ser un objeto desde el punto de vista personal, que sintetizara el tema con equilibrio dentro del encuadre. Su trabajo, más que de periodista, era el de un fotógrafo con trípode, meticuloso en el encuadre y escueto en su producción (unas cuatro fotos al día). Primaba además en su trabajo la idea de serie, ese conjunto de imágenes temáticas que se repiten en forma, tonalidad y contenido, acotando conceptualmente el tema, o dejándose llevar por él.

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Paul Strand. Fence, 1917

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Tomás Caballero. Fotografía de la exposición Ferran Freixa. 1973-2013, 2013

La obra más personal de Freixa se fue incorporando desde 1973 a importantes colecciones artísticas, acompañada de un gran número de exposiciones en galerías y museos de Europa y Estados Unidos y de una importante presencia en publicaciones nacionales e internacionales. No obstante, «Ferran Freixa. Fotografía 1973-2013» es, en particular, un homenaje al blanco y negro, atenuado solo por el trabajo realizado en color tras el incendio del Liceu, registrado en 1994 (en aquel caso, el color aportaba más fuerza y textura, aunque se mantuviera lúcidamente apagado para empastar el tema). Freixa, como paciente observador de las luces, las sombras y los matices, y desde la simplicidad, aprecia en el blanco y negro una imagen más exacta y propone una composición exquisita en la que se observa su predilección por la exactitud en ese juego de luces y sombras.

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Ferran Freixa. Palazzo Pitti, Florència, 1981

En su fotografía, Freixa embalsa momentáneamente el paso del tiempo y nos ofrece su presente, conducidos por unas escenas ambiguas, donde objetos, espacios y arquitecturas inertes nos ayudan en la observación del curso de su existencia (confiesa que siempre le ha fascinado el transcurrir del tiempo). En su obra siempre ha tenido presente el registro de espacios que van a morir o que ya han desaparecido, edificios caídos, derrumbados, que van a cambiar. No obstante, ya se trate de un paisaje o de un espacio concreto, sus fotografías captan un cierto estado de las cosas que, más que buscado como recuerdo, se abre como algo que se ha dejado encontrar, portador de una historia en la que se desliza y desborda el tiempo.

Ferran Freixa. Colonia de Vila-Seca, 2007

Ferran Freixa. Colonia de Vila-Seca, 2007

Más allá de la prueba, presenta una fotografía que es testimonio histórico de lo que encuentra, dejando que hable, sin pensarla, y donde comercios, tiendas, escaparates, balnearios, arquitecturas viejas posan en el vaivén de la nostalgia del pasado reciente. Late en sus fotografías la intención de recuperar lo que queda de esos espacios para darle vida en imagen, recortar las imágenes y analizarlas, resituarlas, sacarlas en cierto modo de contexto para hacer un documento subjetivo y expresar vivamente lo que las imágenes le dicen. En ese intento, es recurrente su receptividad al fenómeno de la luz como detonante de sus geometrías compositivas: en muchas de ellas una franja de luz se encarga de iluminar o de llenar el receptáculo compositivo, que parece estar esperando para ser completado. Es la luz de ahora la encargada de clavar el tiempo presente en su aparente decadencia.

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Ferran Freixa. Hotel María Cristina, 1985

La mirada de Freixa logra convertir los espacios en imágenes sosegadas, y nos invita a la contemplación callada y reflexiva de ese tiempo detenido ante nuestros ojos. Sus fotografías sugieren profundas reflexiones desde un trabajo artístico cuyas imágenes muestran una vida resistente al tiempo.

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Ferran Freixa. Gran Teatre del Liceu (després de l’incendi), 1994

«Ferran Freixa, Fotografía 1973-2013» se expone en el Centre d’Art Tecla Sala de Hospitalet de Llobregat (Barcelona) hasta el 25 de mayo. La exposición se completa con una videoentrevista al fotógrafo y una selección de fotografías en formato digital que el artista ha trabajado en los últimos años, proyectadas de forma secuencial.

Ferran Freixa. 1973-2013. TEcla Sala, 2013

Des de l’Hotel Excelsior, 1985

Ferran Freixa. Des de l’Hotel Excelsior, 1985

Chiaroscuro

Ramón Masats, 1959

Ramón Masats, 1959

Desde su origen, la fotografía está ligada a la luz, tanto como a su ausencia. Blanco en relación con negro, claridad en relación con oscuridad, el tejido de la fotografía se extiende entre esos dos márgenes perceptivos.

Chiaroscuro: luces y sombras en la fotografía, exposición de la Galería Kowasa en Barcelona, señala un determinado tipo de estampado en esta trama, el claroscuro, técnica que, recogiendo la herencia de la pintura, se ha empleado continuadamente en la historia moderna de la fotografía para destacar algunos detalles y elementos de la imagen, intensificar el dramatismo o incluso subvertir el propio lenguaje fotográfico.

Eugen Wiskovský. Escena lunar, 1929

Eugen Wiskovský. Escena lunar, 1929

En esta exposición, que finaliza el día 23 de noviembre, se hace un especial hincapié en la técnica del claroscuro empleada por las primeras vanguardias del siglo XX, y no obstante recoge este recurso en fotógrafos de la segunda mitad y contemporáneos, en especial catalanes. En la muestra se puede observar claramente como el tono formal y la experimentación de los fotógrafos vanguardistas dista del artificio dramático de los fotógrafos anteriores (el pictorialismo), en un desplazamiento de la luz como apoyo de un tema fotográfico hacia un acercamiento de la luz casi como un tema en sí mismo.

György Kepes, 1950

György Kepes, 1950

En esta selección de la galería puede apreciarse el valor de la fotografía como mediador entre nuestro mundo a la vista y nuestra propia forma de apercibirlo, entre nuestro dramatismo y la ambivalencia que supone el propio hecho de percibir, dualismo característico igualmente tanto del claroscuro como de la propia historia de la fotografía.

Portada de libro de fotografía sobre Jaroslav Rössler

Portada de libro sobre Jaroslav Rössler

De entre los fotógrafos recogidos en la muestra podemos destacar el trabajo de los fotógrafos checos Frantisek Drtikol, Jaroslav Rössler y Eugen Wiskovsky, así como el de los catalanes Joan Colom y Oriol Maspons.

alentín Vegara, María, 1998

Valentín Vegara, María, 1998